Masculinidad artificial
Chabones siendo chabones, IA por todos lados, y mujeres ocupando espacios ¿sin saber? ocuparlos.
Ilustración Steven Tabbutt
Mención especial a mi querida Valen Cúneo, que me ayuda a pensar mucho y tan agudamente sobre la IA (y tanto más).
—Primer acto— Un chabón hace una nota y la publica en una revista digital porteña hecha por otros chabones, donde por supuesto abundan las firmas masculinas y, más importante que el género de las firmas, los abordajes de chabones para chabones. Nada nuevo: revistas digitales como club de amigos, bah, como club de divorciados aspiracionales de un sentido de bohemia que les queda enorme porque, en verdad, confunden bohemia con otras cosas.
La nota es sobre lo increíble que es ser padre. Un súper padre, un padre lleno de momentazos únicos, históricos, una épica de la paternidad. Una oda a la noción de ser un padre que no para de construir pequeños recuerdos, uno por uno. Aunque solo aparezcan el fin de semana, aunque sobre la paternidad en este país haya tanto para poder pensar, cuestionar, reclamar, problematizar: va esta nota para que a coro de voces graves regadas a mate amargo y Pappo de fondo todos se digan “wow, loco, qué padrazos somos”. Emocionantes, emotivos. Chabones permitiéndose ser cursis, chabones festejándose entre sí la cursilería por ser y hacer de padres. Fútbol, asado, Hemingway con un rifle y la biblioteca de fondo, ehhh vamo’ los estonnn, vamoo’ lo’bitleeee, la música murió pero la paternidad está más viva que nunca.
Así como hace unos años algunos feminismos se abanderaron en ser la generación que venía a cambiar el amor prometiendo(se) que ya no dolería, y se ofendían cuando las viejas les decíamos, amigas, no, no es así; estos vienen en modo “somos la generación que viene a salvar la figura del padre”: ah re. Chabones modelo literatura del yo de la más básica, toda vanidad, toda vacía, monotonía pura y dura, literatura del yo básica y a la infinita potencia, pero como la hacen y leen chabones: wachi wow. Aplausos y ovaciones.
Sé que suena a planazo espectacular y que se mueren de ganas de correr a Google a encontrarla y leerla (porque acá diremos pecados, pero no pecadores, y no tanto por código, sino porque algunas cosas se rechazan a secas y no necesitan amplificación para ser rechazadas; además, como quien dice: se discuten ideas, formas, los nombres van y vienen cuando son parte de un patrón mayor, de un molde en el que todos están tan lobotomizados que se creen especiales sin ver cómo se repiten entre sí).
Así que banquen antes de ir a Google porque la cosa se pone mejor: la nota está hecha con IA. No solo está hecha con IA, la nota es directamente una pornografía de la IA. Es una entrega total sobre lo que la IA puede hacer y, claro, sobre todas las limitaciones de la IA, que no son pocas, que son muchísimas. Porque aunque al empresariado vago y parasitario se le haga agua la boca, la IA no le llega ni a los talones a la inteligencia de la humanidad y a la fuerza de su mano de obra, a la honorabilidad de lo artesanal, a esa sumatoria de gestos que construyen, a su vez, un patrimonio de saberes.
La IA no le llega a los talones aún a esta humanidad, que es la primera en un siglo con menores capacidades cognitivas e intelectuales que las anteriores. No es metáforica la debacle: hay un informe inicial del Comité de Ética de la Universidad Northwestern —n.º STU00202975— que formó parte de un proyecto más amplio revisado por el Comité de Ética de la Universidad de Oregón —n.º 08212019.031—, y siguen ahí profundizando junto a otras universidades y, lo más interesante, organizaciones sociales y culturales, llegando a respuestas cada vez menos alentadoras que acusan efectos irreversibles entre las desigualdades y la vida frente a las pantallas, por supuesto, con todo lo que afecta no solo los diferentes niveles de educación institucional, sino familiar, en familias bastante atravesadas por el pluriempleo y la falta de tiempo para, justamente, educarse de la manera que estos desafíos requieren y, desde ahí, no solo educar, también acompañar, conversar, pensar juntos.
Con esto no quiero decir que igual la IA no pueda reemplazar humanos: sobre todo porque hay humanos ya dejándose reemplazar por la IA. Más aún, arrastrados, pidiéndole a gritos que los reemplacen. Pero el reemplazo también puede ser posible y aceptable porque venimos haciendo posible y aceptable todo lo que viene desde los fondos de la inmoralidad: pareciera que a nada se le puede decir que no, y luego, cuando las papas queman por todo lo que se dijo que sí, la culpa la tienen la Iglesia, el capitalismo, el que votó diferente que yo, etcétera. La culpa siempre es del otro —negros, inmigrantes, putos, trans, tortas, mujeres a la cabeza, claro—, nunca de todos los sí que sin pensar se dicen. O más grave, los sí que dicen y que se venden como pensamientos iluminados: “los pobres usan más el celular que los ricos, pero hay que dejarlos porque es lo único que tienen”, así que de esa forma toda crítica a lo que está pasando con esas desigualdades y los accesos en las pantallas no se pueden registrar ni acusar porque, oh, los iluminados (por lo general, muy acomodados) nos dicen clasistas o utópicos. Pero como decía Bioy, uno que sí sabía de bohemias y que todos en vano intentan imitar, sobre todo en lo mujeriego: la complacencia es la mejor forma de desdén. Y entonces pienso en Wilde: el futuro es de la crítica.
Hay una razón más por la que también pega tanto la IA a pesar de tener estéticas horribles, de y para el espanto, y es porque hay una cultura de lo menguante muy pero muy instalada: la precarización de la vida avanza tanto como la precarización en los elementos, en las cosas, en la durabilidad de las cosas. Todo va a menos, todo se rompe más rápido, todo es más fácil, masticable, digerible, todo es más cortito, descartable. Todo está pensado para entretenimiento, hasta comer se está pensando así, y para que la reposición ocurra cada vez más pronto. Consumismo imparable. Recomiendo muchísimo este artículo de Daniel Soufi en El País, que encima cita a Marta D. Riezu, una de mis favoritas.
Pero volvamos a la “escritura”. Solo alguien que no lee y que no escribe puede gustar, más aún, puede creer y confiar en la escritura de la IA. Y esto de “solo alguien que no lee y que no escribe” es sin esnobismo alguno, al contrario, porque justamente creo que todos tenemos diversas complejidades y, en todo caso, tensiones y obstáculos en desarrollarlas, sostenerlas, explorarlas, pero no por eso no tenemos complejidad de pensamiento. La IA no lee esa complejidad diversa ni reconoce los entramados que pueden permitirnos o distanciarnos del desarrollo de pensamiento. Al ser una herramienta sin desarrollo, además, no reconoce los distintos procesos de cada uno de los que recurren a ella, en definitiva, como todo en internet, estandariza.
Entonces, es una escritura que nos habla como se le hablaba a las infancias hace cientos de años: pedagógica y despectivamente, sin imaginación ni preguntas. La estandarización es para abajo y para atrás, no para arriba ni para un posible adelante, mucho menos para los costados o en curvas, deslices. Peor aún, es una escritura sin lectura ni silencios, y todos lo sabemos: no hay escritura sin lectura ni silencios. Sin lectura y sin silencios lo que puede haber es una sucesión de palabras volcadas pero que no componen una escritura, con suerte, pueden armar oraciones sucesivas. Del mismo modo que leer no es solo abrir un libro e ir metiéndonos las oraciones por los ojos, del mismo modo que el silencio no es mudo. Y la IA no sabe de lecturas ni de silencios porque está hecha para responder. Ya veremos llegando al final de estas líneas bajo qué condiciones responde.
La nota de la paternidad no solo revela la estética de la IA en su punto máximo y crudo, sino que revela algo aún menos digno —como si hubiera algo menos digno que usar la IA para crear algo que se supone tiene que ver con tu trabajo, tu oficio, tu vocación; algo que nadie te pidió, o que si te lo pidieron, aceptaste; algo que quisiste hacer a cambio de plata, bah, ¿una revista digital independiente pagó por una nota hecha con IA?—, y esa revelación peor que trae es la propia incapacidad del autor para hacerle una solicitud interesante, tensa, de relieves. El texto IA muestra que el solicitante no sabe preguntar, no sabe profundizar, no sabe salir del cuadrado en busca de curvas, de abismos. Posiblemente no reconozca los ángulos del cuadrado siquiera. Un usuario IA que le pide y es pasivo frente a lo que recibe.
Si algo tiene la IA en cualquiera de sus usos es la no lealtad, la no protección de su cliente: la IA no cuida al que la usa, lo ridiculiza. Muestra a toda luz la mediocridad, la pereza, la zoncera con la que el usuario llega en busca de soluciones a ella. Es ahí entonces que la “escritura” a pedido entra en su fase pornografía, cuando también revela que así como la mal llamada herramienta respondió el deseo de una nota sobre ser padre, ese texto de la IA se volcó en un word, o tal vez en un cuerpo de mail, o quizás directamente se envió como mensaje de WhatsApp, y se publicó sin haber sido atravesado en ninguna instancia por un pensamiento, por ambición creadora alguna. Sin cuestionarle a la IA nada, sin revisar, sin decir “esto es una boludez monumental”. La sequía total.
¿Editores? Brillando por su ausencia. ¡A dónde vamos no necesitamos editores! Oficio noble, sensual y generoso si lo hay. O si lo había: cada vez peor, a destiempo, desconectados, cerrados, de espaldas a la vida. Ser editor y estar de espalda a la vida es un oxímoron, pero en este mundo chabón parece que les funciona. Total, de última la culpa es del otro que no lee, y si lee y advierte algo que amerita una crítica, un lector no condescendiente, bueno, en realidad no lee bien, no es tan lector, no está leyendo como yo editor pensé que debería ser leído esta mierda que decido publicar.
Entre tantas capas que asoman no quiero olvidarme de algo básico pero que no es menor: no se me ocurre nada más triste que querer escribirle algo a un hijo, o sobre un hijo, y recurrir a la IA para hacerlo. Tal vez algo más triste es que encima de hacerlo con la IA se hace sin una instrucción inteligente, sin una demanda activa, de ida y vuelta, aguda, interesante. No, simplemente ir y pedirle a la IA un texto y así como está, así como sale, pum, mandarlo para publicar. Ni una gota de tu amor, de tu experiencia real, ni un suspiro ni una queja, nada de cansancio: revelador, ¿no? Los padres nunca son los quejosos y cansados.
Un texto todo con dato reclutado de las profundidades de la web, pues así funciona la IA. Todo algoritmo. Quién hubiera dicho que los mismos que lloran por un autotune, en la primera de cambio, en la primera posibilidad que le dieron de reemplazar su voz por una voz tecnológica, agarraran viaje, lo hicieran. Claro que es una comparación injusta: el autotune, al menos no como regla ni para garantizar su existencia y su uso, no explota recursos naturales ni mano de obra humana, no necesita de datos constituidos por trabajos y archivos ajenos para ser, y tampoco aporta —ni en lo inmediato, ni a mediano ni a largo plazo— a los daños cognitivos e intelectuales que socialmente venimos batallando con la vida entre pantallas acelerada por la IA; además, en general, es más un experimento adolescente, que van dejando a medida que crecen y que suman otras herramientas y/o capacidades artísticas, y que en el tiempo permanece como permaneció en otros tantos músicos de tantos géneros musicales, incluso intocables y vacas sagradas.
Ante las críticas al autor y/o a la revista, que no fueron tantas como uno esperaría, y en su mayoría fuimos mujeres, cuándo no, luego se publicó una defensa: por qué sí escribir con IA. Sí, los chabones son muy de chocarla y de defender el choque como forma de vida. Morir con las botas puestas es re de chabón, papu.
En Argentina, dos de cada tres tipos no pasan la cuota alimentaria, es casi decir, y como nos pasa en otras estadísticas respecto a la conducta de los chabones en relación a todo lo que los rodea, que todos conocen a un chabón que no pasa la cuota. Podemos dar el beneficio de la duda y, en vez de todos, decir que casi todos conocen a otro chabón que no pasa la cuota, y también a otro que casi nunca está, pasando o no pasando la cuota, presente. Casi nunca escriben sobre paternidad, sobre licencias de paternidad para compartir cuidados (claro, si ni siquiera están, si ni pasan la cuota, de qué cuidados hablo, ¿no?), y cuando lo hacen, no solo lo hacen con IA, sino que lo hacen para exaltarse en lo mínimo que hacen, que es —ni más ni menos— lo que les corresponde: ser padres. Algo que en Argentina no se cumple en un 60%. Impensado que los chabones vayan a escribir algo que alumbre conductas que pueden tocar al amigo, al conocido, al colega, al jefe, al editor, al patrón, al lejano, al desconocido. Ahí, el molde. Ahí, el pacto. Ahí, el club de amigos, de divorciados, de chabones.
Iba a poner “ja” al final de la frase, pero —segundo acto— hace unos días un chabón, otro chabón, hizo una supuesta reseña de mi último libro, una crítica a la gentrificación. La hizo en otra revista digital ¿porteña?, no sé la ciudad ni tampoco si está hecha por otros chabones, o si tal vez solo les falta un editor/a con ganas de no seguir maltratando ya no solo su propio oficio sino también a esa fruta tan noble que es la reseña cuando se la hace con intención, compromiso, gracia y claro, con gusto lector y crítico.
Estoy segura que cualquier varón que lea esta reseña en cuestión va a decir que es positivo todo lo que dice y que lo demás es un mal intento de ser chistoso. De hecho, “pero si habla muy bien de vos, después ya sabés cómo es esto, es un boludo más, y ya fue, quedate con todas las otras, todas son geniales”, me dijo un conocido que la leyó. Pero las mujeres vamos como pez en el agua por las estrategias pasivo-agresivas, las reconocemos a años luz de distancia y claro, tienen su efecto.
Así, a cada elogio que este chabón me dedica le sigue una bajada de precio que, en verdad, no tiene que ver con una posición frente al trabajo realizado, sino que, de nuevo, es una revelación de la propia incapacidad de sostener lo incómodo, lo acusatorio del libro, más aún, un libro que no admite reafirmarse. Una vez más, nada nuevo: varones leyendo mujeres, qué abismo cada vez más grande, insalvable por momentos, salvo que les dores la píldora o los dejes ser todo lo gracioso que se sienten que son, salvo que los dejes ser los superhéroes que vienen a ayudarnos, salvo que no les toques nada de lo que les permite seguir siendo así, chabones.
Obviamente no todos, hay unas extraordinarias excepciones, con quienes incluso en las más profundas diferencias y perspectivas lejanas se pueden levantar imperios en el cruce. Supongo que ahí la diferencia entre blogueros ansiosos de ser alzados a upa y escritores con ánimos de pensar, de crear, de cruzar el desierto de la escritura, de la lectura y de la conversación sin miedo de lo que se pierde en el camino y sin ambición de tener una razón absoluta, cerrada, incuestionable, más aún, con la pulsión, con Eros como estandarte, sabiendo que todo lo que necesitamos como trabajadores culturales es lo que ocurre en ese mientras tanto, y no tanto en la zona segura de la salida ni de la llegada. Ahí, tal vez, las principales grandes diferencias entre el escritor lector, el escritor que es lector crítico y es crítico que lee, que escribe leyendo, leyéndose y leyendo más por fuera de esa escritura circunstancial, frente a todos estos otros que usan la IA o la ligereza pasivo-agresiva para evocar una sombra terrible de Fogwill, que de aparecer los mearía por manchar su espíritu animal. Las excepciones extraordinarias son tan pocas que se cuentan con las manos, y es perturbador que no solo nos pase a muchas que solo podamos contarlas con las manos, sino que rara vez no son los mismos. Es decir, está acotado el asunto. Al menos en lo cultural, y claro, para sorpresa de nadie.
En este boom de escritores, reseñistas, recomendadores seriales, en este boom de lectura, que no solo trata de chabones, claro, hay un montón de chicas haciendo de las suyas de igual modo, en este boom de facilidades para ser publicados, viralizados, para hacer contenidos de escritura y lecturas, en este boom en el que todos tienen algo para hablar, que no es lo mismo que decir, la única manera en la que pueden atravesar todos los temas que tocan es llevándolo al meme. Entonces, así como hay una escritura pornografía de la IA, también hay una escritura meme que se disfraza de reseña. Reseñas que parecen memes. Una memegrafía, digamos. O memeseña.
Este chabón parte diciendo que no puede hablar del libro que leyó sin hablar de él, y se justifica diciendo que es lógico, porque en definitiva es él mismo el que lo leyó, y luego marca que siente un tono sobrador en mi escritura porque algunas frases las remato con “ja”. Un varón hace una reseña sobradora en la que advierte que se siente sobrado porque una autora remata con un “ja”: ja.
Después dice que soy Barthes pero también que soy tuitera —sí, lo dice él, el mismo que no puede hablar de un libro sin hablar de él, ¿acaso la espiritualidad tuitera, que es misógina y memegráfica por naturaleza, ve a todos de su condición?—, pero lo más interesante es esto: también cree que mi libro tiene un problema, y acá el punto, que no le da opción al lector a una postura “tibia”. ¿Qué le pasa a la gente adulta que cree que no tiene opción frente a lo que lee, mira, ve, estudia? Es como si el reclamo bobo de la universidad adoctrinadora tomara todo: ¿acaso es usted un receptor pasivo, es usted tarado, perezoso, no está acostumbrado a pensar, o qué lo qué? Realmente dice que en esa forma termino siendo un reflejo del fascismo y de las derechas que critico. O sea: para este chabón, rechazar un proceso del fascismo es volverse fascista. Ja. Y más ja. Y mil ja.
—Tercer acto, todos los actos el acto— En general, es un dramón la relación masculina con el fascismo. No saben realmente qué hacer con el fascismo, y es lógico porque el fascismo pone a luz toda la estructura patriarcal. Es inherentemente patriarcal. Ser antifascistas bajo esa revelación iluminada los obliga, a su corto y falocéntrico entender, ir contra ellos mismos. Conscientes o no de esto, necesitan defenderse cuando nadie los ataca, necesitan ir entre algodones, necesitan oxígeno, necesitan un cuarto intermedio, un recreo, un meme para hacerlo soportable. Necesitan ser lo que no son pero, como no quieren cambiarlo, nos piden a nosotras piedad, solemnidad, tibieza. Ja.
Desde la irrupción más temprana de Trump como posible candidato a presidente, allá muy a lo lejos y hace tiempo, venimos viendo a un montón de intelectuales, y/o pseudointelectuales, y voceros culturales haciendo malabares para no hablar de fascismo. Incluso para no hablar de ultra derecha, ni de la complicidad de las centro derecha en la avanzada de las otras hacia las extremidades más extremas, si me permiten la redundancia. Chabones blancos, o autopercibidos blancos, heterosexuales, chetos, o lisa y llanamente chotos, pidiendo que no gastemos las palabras.
Los chabones siempre dan órdenes, sobre todo cuando la presión exterior parece hacer temblar el orden que los mantiene a ellos ahí en el centro. Nunca tuvimos tanta información, tantas imágenes, tanto material, tanto archivo, tanto registro, tantas evidencias de lo que son y pueden ser, de lo que hacen y pueden hacer los hombres, desde un genocidio hasta una red Telegram en la que se enseñan a violar a sus esposas, y sin embargo no pasa nada. No digo que no cambie nada, digo que no pasa nada. Solo somos nosotras, y algunas excepciones, tomando nota, tomando acción, y encima, soportando que se sientan sobrados, ofendidos, que se sientan presionados porque reciben lo que decimos y hacemos como que no les damos opción, no los dejamos elegir. Acusadas de extremistas por pensar algunas cuestiones por sí o por no. Cuestiones que ponen en juego la vida de casi todos. De casi todos menos de ellos: chabones.
De igual manera, yo comparto que no hay que gastar las palabras. Pero las palabras, como las cosas, también se gastan aún en su no uso. Y las palabras, como las cosas, están para usarse. Además, si tiene cuatro patas, mueve la cola y ladra, puede ser therian, pero lo más seguro es que sea un perro. A su vez, ¿cuánto tiempo, cuánta violencia, cuánta sangre, cuánto hambre, cuánto ladrido y lenguetazo necesitás para darte cuenta si es un perro, es un therian, es fascismo o qué carajo es? Ante la duda, Umberto Eco ya hizo el trabajo, lo explicó todo a fondo y el fascismo detalle por detalle. Pero claro, eso los obliga a leer y, más aún, a leer a uno que eligió no ser uno de ellos, chabones, sino ser y hacer lo que haya que hacer frente al fascismo sin temor alguno a perder lo que haya que perder en el camino. Sin miedo a quemarse. Imaginate a Eco pidiendo tibieza. En fin, supongo que es más cómodo seguir aspirando a Houellebecq, ja.
Las palabras están para usarse y las palabras gastadas están para ser escuchadas, es decir, tienen cosas que decirnos y nos ayudan a hacernos preguntas: no solo para distinguir y reconocer lo gastado, sino bajo qué circunstancias se gastaron y, sobre todo, para favorecer a quiénes, para sostener qué relatos están gastadas las palabras, para darle más protagonismo a qué otras formas de comprensión. Lo gastado funciona, Juan.
Es maravilloso cómo los chabones se relacionan, mejor aún, no se relacionan con lo que leen, con lo que escriben, con lo que dicen, con lo que pasa y no pasa a sus alrededores, no solo con lo que piensan, cuando piensan, sino y principalmente cómo no se relacionan con lo que se proponen a hacer, con lo que nos quieren vender, mostrar, contar que son y hacen. Es maravilloso porque simplemente pueden vivir así: en esa liviandad, con la impunidad de la farsa, de la zoncera, de la aspiración. La liviandad total de decir soy esto y actuar como que lo son para desde ahí creerse las cosas que dicen como verdad única. Debe sentirse genial no necesitar ser ni hacer más que lo primero que se te viene a la cabeza, y hacerlo de la forma más burda posible, más fácil, más atada con alambre posible sin costo alguno. De mínima, una estupidez sin consecuencias. Pero claro, no se quedan nunca en la mínima, siempre van a más. Y pueden hacerlo. A la gran mayoría les es prácticamente gratis lo accidental, lo intencionado, lo brutal, lo burro, lo malo, malísimo, criminal: siempre hay otro chabón garantizando esa gratuidad.
Hablando de gratuidad y de lo maravillosidad, —cuarto acto—, cuando Pedro Rosemblat entrevistó a Cordera hace una postal fatal. Porque dijo una frase maravillosa en su surrealismo y, en consecuencia, profundamente triste, porque es irreversible. Y en eso irreversible, lo irritable hasta la implosión. Una muestra explícita y clave de lo no excluyente: el chabón no solo salió a defenderse —sí, defenderse, los chabones son muy de sentirse atacados aún cuando son sus decisiones las que los exponen— descansando en la vapuleada libertad de expresión, amparado en el caballito de batalla de Gelatina de hablar con todos, sino que también, y principalmente, su disculpa la apoyó en cómo él no puede saber lo que siente una mujer cuando escucha a un chabón, a Cordera en este caso, decir: “Es una aberración de la ley que si una pendeja de 16 años con la concha caliente quiera coger con vos, vos no te las puedas coger. Hay mujeres que necesitan ser violadas para tener sexo porque son histéricas y sienten culpa por no poder tener sexo libremente. Si yo tengo algo bueno para darte puedo desvirgarte como nadie en el mundo. A mí hablame de cómo te sentís y te entiendo, pero si me hablás de los derechos no te escucho porque no creo en las leyes de los hombres, sí en las de la naturaleza”.
Un chabón dice eso, otro dice que no siente en el cuerpo la gravedad porque no es mujer, así que puede hacerle una entrevista porque quién es él para juzgar, para silenciar. ¿Silenciar a quién? Cordera reclama en la entrevista que es censurado: sí, así. Mientras da la nota. Mientras anuncia gira, mientras va de concierto en concierto siendo ovacionado por chabones, por otros chabones garantizando el cero costo. Pero sí, claro, censurado: ja.
Los chabones son muy de autopercibirse los Rocky, Clint Eastwood, Hunter S. Thompson de su generación, o de su tiempo y espacio, o al menos de su grupo de amigos, de su club, pero es increíble cómo se les desinflan los musculitos cuando escuchan la palabra “derechos” pegada a “de la mujer”. Ojalá florezcan más Pasolini, puto divino más valiente que todo culto al macho, que advertía en cada paso que daba el fascismo de los antifascistas, y obviamente, el fascismo de los fascistas sin miedo a gastar las palabras, sin sentirse ahogado por no tener opción a ser “tibio”.
Ya que estamos en Gelatina, —quinto acto—. También, ya que estamos hablando de derechos, hablemos de derechos laborales y derechos de autor. Desde principio de este año el canal stream viene usando la IA a lo loco. Un canal que se presume ideológicamente peronista, podemos ampliarlo a nac & pop, que tiene un programa llamado Industria Nacional, más aún, ese es su programa estrella. ¿Sabrán qué carajo es la IA? No voy a preguntar si saben del impacto ambiental porque ya sabemos que no les interesa (al menos a Pedro, que seguramente como no es naturaleza no puede entender lo que siente un bosque al incendiarse, ja, otro día profundizamos con el sueño de Perón de un nacionalismo ambientalista).
Sin contar que si hay algo que no necesita el campo nacional y popular, bah, la cultura argentina toda, en general, la peronista y la antiperonista, es a la IA para producir archivo, porque tenemos memorias, simbolismos, sueños, afectos, ideales, luchas, victorias, narrativas, etcétera, sostenidos en un archivo audiovisual inmenso, en una literatura y poética sublimes, en una tradición crítica aguda, interesante, que es fuente bibliográfica internacionalmente, en un arco de artistas, de la fotografía a las plásticas, que ha puesto en valor y honrado cada momento de este pueblo, eternizando con imaginación y estéticas artesanales desde sus inicios hasta la actualidad nuestro andar. Sin contar que debería ser considerado traición a la patria usar la IA para traer a Maradona, el tipo con el mejor archivo fotográfico y audiovisual, y a las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo. Sin contar que ningún pueblo con sus culturas populares necesita la IA, porque aún en los archivos borrados, en lo incendiado por los fascismos, en los perdido, en lo abandonado, aún en las desidias sociales, esa misma ausencia acusa políticamente en voz muy alta lo que deberíamos atender y reparar. Sin contar las diferencias de esos pueblos y de esas culturas con, por ejemplo, La Libertad Avanza, un partido sin historia, sin memorias ni biografías, que no tiene archivo, o el que tiene no se construye en el cuerpo social, sino bajo la luz fría de un estudio de televisión, porque de ahí salen. El lado B de este outsider de turno es que, a diferencia de otros, como Macri, acá no hay historia en común, no hay victoria ni tragedia en común: la disrupción es total. Entonces sin pasado y bajo el delirio mesiánico presente, bueno, la IA, que además está alineada totalmente ideológica, estética y gramaticalmente al mundo que proponen, les permite tener un imaginario que de otra forma no podrían no solo no producir, sino crear espontánea y afectivamente. Que la IA sea la carta de presentación de la LLA ya debería ser suficiente para rechazarla, para no caer en su uso imaginario extractivista donde tenemos memorias, patrimonio, biografía viva.
También importa, y urge, laboralmente rechazar la IA, pero no por lo del reemplazo a la mano de obra humana, la que, insisto, parece más voluntaria que otra cosa. Sino porque la producción de la IA no solo se nutre de trabajo ajeno, sino que involucra mano de obra en condiciones paupérrimas. Antes de meternos ahí de lleno, algo de lo que se lee en la nota de Soufi: “Los modelos de lenguaje se entrenan con datos extraídos precisamente de la web. Cuando estos modelos empiezan a alimentarse con información generada por ellos mismos se produce el llamado ‘colapso del modelo’. ‘La inteligencia artificial comienza a aprender de sus propios resultados, que nunca son perfectos, provocando un deterioro progresivo en su comprensión del mundo’, explica por correo electrónico Fredi Vivas, autor de Invisible (Penguin Random House, 2023), que contiene siete relatos que exploran el impacto de la inteligencia artificial en la sociedad. ‘Es como hacer una copia de una copia de una copia: cada versión pierde un poco del detalle original, y el resultado final es una representación del mundo más borrosa y menos precisa’”.
Para sorpresa de nadie, una de las grandes investigadores con un abordaje profundamente crítico y político sobre el uso de la IA es una mujer, Kate Crawford, australiana radicada en Estados Unidos, entre otros, autora de Atlas de IA: Poder, política y costes planetarios de la inteligencia artificial. En sintonía con lo que plantea el artículo de El País, ella se regodea: “Los más asustados con las amenazas de la Inteligencia Artificial son sus propios arquitectos”.
Pero vamos por el principio, la australiana define: “La IA no es artificial ni inteligente. Más bien existe de forma corpórea, como algo material, hecho de recursos naturales, combustible, mano de obra, infraestructuras, logística, historias y clasificaciones. Los sistemas de IA no son autónomos, racionales ni capaces de discernir algo sin un entrenamiento extenso y computacionalmente intensivo, con enormes conjuntos de datos o reglas y recompensas predefinidas. (...) De hecho, la IA como la conocemos depende por completo de un conjunto mucho más vasto de estructuras políticas y sociales. Y, debido al capital que se necesita para construir IA a gran escala y a las maneras de ver que optimiza, los sistemas IA son, al fin y al cabo, diseñados para servir a intereses dominantes ya existentes. La IA es un certificado de poder”.
Entonces, dejando a un lado solo por este texto la explotación de los recursos naturales que implica la IA, vayamos al grano: “La IA está hecha de mano de obra humana (...) extremadamente precarizados, vigilados y sobreexigidos (...) haciendo clics en microtareas para que los sistemas de datos parezcan más inteligentes de lo que realmente son. (...) Coordinar las acciones de los seres humanos con los movimientos repetitivos de los robots y de las líneas de producción siempre ha implicado controlar cuerpos en el espacio y en el tiempo. (...) Las tecnologías de la IA requieren y crean a la vez las condiciones para unos mecanismos de gestión temporal cada vez más granulares y precisos. Coordinar el tiempo exige información cada vez más detallada acerca de qué está haciendo la gente, cómo y cuándo”.
Para el Día del Trabajador, Gelatina, y no solo Gelatina, eligió/eligieron placas hechas con IA: ja.
La IA funciona con datos. Sin datos no hay IA. Tus datos, los que aceptas y los que no aceptas dar. “Hay conjuntos de datos gigantes llenos de selfies, gestos con la mano, gente manejando, bebés llorando, conversaciones de grupos sobre noticias de la década de 1990; todo para mejorar algoritmos que realizan funciones como el reconocimiento facial, las predicciones del lenguaje y la detección de objetos”, cuenta Crawford, y agrega “Cuando estas colecciones de datos ya no son vistas como efectos personales de la gente, sino meramente como infraestructura, se asume que el significado o contexto de una imagen o video es irrelevante. Más allá del serio problema de la privacidad y del capitalismo de vigilancia vigente, las prácticas actuales con datos en la IA plantean profundas preocupaciones éticas, metodológicas y epistemológicas”.
Ahí donde Crawford cuenta que estos sistemas de datos utilizan segmentaciones que definen la identidad humana a partir de “géneros binarios, categorías raciales catalogadas como esenciales y valoraciones problemáticas de personalidad y solvencia”, Luciano Sáliche y Andrés Correa —en Clics, precarización y resistencia en el periodismo— ya nos avisaban hace varios años que “Si los datos son el oro de internet, la segmentación es la alquimia. (...) en la escala final de la segmentación, se encuentra el buyer persona, un personaje ficticio que se construye a partir de la etnografía, el perfil psicológico, gustos, intereses, creencias, hábitos personales”.
—Sexto acto— Entonces hablar de IA es también hablar de raza, clase y género. “Un estudio realizado por la consultora global LLYC analizó cinco sistemas IA. Específicamente cómo estos responden a jóvenes entre 16 y 20 años, y entre 21 y 25 años, en doce países, entre ellos, Chile. Se hicieron 100 preguntas abiertas, organizadas en diez temas clave para esta etapa de la vida: salud mental, relaciones familiares, amistad y pertenencia, amor y desamor, identidad y orientación sexual, autoestima y crecimiento personal, uso de IA y dependencia emocional, futuro y estudios, vida digital y móvil; y género e igualdad”, se lee en un artículo de la revista chilena Paula firmado por Constanza Palma, “Empatía para ellas, estrategia para ellos: el sesgo de género de la IA”. La conclusión, una vez más, para sorpresa de nadie, “Las diferencias no son solo temáticas, sino lingüísticas. Con las mujeres la IA adopta un tono maternal, casi de amiga o mentora. (...) Se construye así un vínculo de cercanía artificial que busca generar confianza, pero que parte de una premisa paternalista: la idea de que ellas requieren validación constante antes de avanzar. Con los hombres, en cambio, el rol es el de un entrenador. El lenguaje se llena de imperativos: haz, di, ve”. Pasivos y sobreestimulados.
De los muchos caminos malditos de los últimos años, el relativismo está en el podio: el negacionismo de la responsabilidad, el desentendimiento de la forma en la que se participan de ciertas estructuras. No puede ser que los sectores que se definen política, cultural e ideológicamente de determinada manera caigan en todas las trampas, acepten todos los caramelitos, le digan que “sí” a todo. Y no puede ser que sus audiencias solo puedan cuestionar en función de si dan o no visibilidad a lo que se tiene que disputar. La mediocridad realmente es total, la miopía de lectura y comprensión es total.
Yo en algo coincido con Pedro, por ejemplo frente a las críticas por su entrevista con Dante Gebel, un tipo que ya de por sí mueve montañas, o sea, deberían decirle a Gebel por qué le da visibilidad a Pedro, a Gelatina, a toda la burbuja que llaman comunidad. Sin embargo, y no lo digo particularmente por Gebel, hay cosas que uno no solo puede, sino que debe rechazar, sin más. No todo pasa por la visibilización, en algunos casos puede ser, pero todo es tan parcial, tan relativo, tan —permitanme subrayarlo— porteñocentrista esa lectura de consumo, y también rosarina, porque sabemos que hay rosarinos con espíritu porteño. Incluso, es tan poco claro lo que estamos pudiendo ver y entender sobre lo que ocurre subterráneamente en nuestros hábitos, conductas y consumos digitales.
Por supuesto que con rechazar no digo nada nuevo, Maurice Blanchot ya lo ha dicho todo en “El rechazo”, incluido en el casi bíblico Escritos políticos, y la brava Marina Garcés lo recupera en “La fuerza anónima del rechazo”: curiosos y furiosos, vayan a pensar con ellos.
—Séptimo acto— Tal vez a algunos chabones les cuestan tanto los “no” porque pueden vivir sin decirle que “no” a nada. Vivir sin asco a nada, subiéndose a todo bondi, vivir sin que nunca nadie les diga “la pollerita corta”, “a esas horas, solo por ahí”, “vos también…”. Pueden hacer y decir lo que quieran bajo una forma de vida que se amplifica en la suerte estructural y el acompañamiento de las mujeres que hay ocupando espacios de poder, más las mujeres en los medios de comunicación, tradicionales y los tan pésimamente llamados nuevos, que ya ni siquiera son nuevos.
Es muy fácil identificar a las mujeres de LLA y hacer críticas sobre ellas, pero están las otras, las que se suponen compañeras, camaradas, hermanas, el nombre o el título que quieran, que ahí están ocupando lugares, micrófono en mano o escritura en el puño, también lugares de poder político, también capitalizando oportunismos culturales, y todas funcionan en automático, como loras. Me gusta cómo sitúa este escenario la Negra Vernaci entrevistada por Julia Mengolini: las mujeres que están en los medios no molestan a nadie.
Matan a una piba y a nadie molesta que las mujeres en los medios digan “ni una menos”, “no nos maten más”, y otras ideas en ese nivel. Pero matan a una piba y no hay una sola pudiendo explicar el patrón, formulando un sentido político, social y cultural de los hechos. Todo es emotividad, lugar común, potencial. Hablan de amor y de odio como si fuera asunto romántico, repiten consignas. Descontextualizan lo municipal, lo provincial y lo nacional, descontextualizan globalmente, pero no descontextualizan digitalmente: repiten narrativas virales efectistas. Si ocurre el milagro de invitar a una especialista no tienen la capacidad de preguntar, menos de repreguntar, mucho menos de escuchar, así que interrumpen. Buscan el clip, buscan el recorte viral, buscan el choque en los comentarios con los chabones, y entonces terminan siendo víctimas ellas. No molestan a nadie y ofrecen un efectismo que sirve a todos, también a sus carreras.
Los chabones de la cultura, los medios y la política tienen tanta suerte que están rodeados de mujeres que creen que con ser mujeres alcanza para hablar de género, porque eso nos enseña el patriarcado: la vivencia es regla. Formarte, ¿para qué? Y mientras que nuestra vivencia es un milagro, nuestra existencia está sujeta al azar, nuestro registro de lo que ocurre depende de oportunidades a veces únicas, y siempre con costos altísimos, la vivencia de los chabones es así, a pura suerte, ligereza, y acompañado por muchas de nosotras que se ofenden en este marcado de responsabilidades que demanda algo más que buenas intenciones. Buenas intenciones de mierda. Mientras, ellos creen que todo lo que tienen y pueden es por propio talento y merecimiento, por propio carisma, y si no reciben sus mieles por ser quienes son y hacer lo que hacen es solo porque los otros no los están entendiendo, porque son demasiado transgresores para el resto.
Esto también está en el maldito relato fundacional de esta patria: el gaucho mata al negro porque el negro no se banca el humor del gaucho, el gaucho lo delira como si el negro fuera un tonto que no entiende, lo trata de limitado, mientras que insiste en querer levantarse a la negra, una negra que, a los ojos del gaucho, es una histérica al fin de cuentas. Racismo, supremacismo, machismo, misoginia: nuestro poema nacional.
Al igual que Pedro, ja, me es imposible sentir lo que sienten los hombres: la libertad plena y la sola posibilidad de usarla. Más aún, poder usarla y, casi siempre, de la peor manera. Querer y poder. Pero aunque ya sepa que no lo voy a ver yo, aunque no lo hayan visto mis maestras, aunque no lo vean muchas de mis compañeras de ayer, hoy y de siempre, ni sus hijas: venceremos. Y tal vez no sea ni por nosotras, que hemos hecho posible lo imposible una y otra vez, sino porque esa posibilidad tan absoluta, tan plena, tan fácil de la libertad que tienen los hombres solo puede llevarlos a la destrucción misma. Y en definitiva es hacia donde nos están llevando a todos, también a ellos: ahí van, asustándose de lo que decimos nosotras, a perderlo todo sin darse cuenta. Se ve que la IA todavía no los alertó. Igual, cuando los alerte, ya sabemos: la tratará de loca.




Después de todo el autotune opera sobre una voz